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La apariencia es uno de los componentes de mayor impacto del lenguaje corporal, pero también el  más volátil e influenciable. Lo que hoy nos parece políticamente correcto no siempre lo fue, ni lo seguirá siendo en el futuro. La masculinidad es un buen ejemplo. Basta comparar el aspecto del rey Luis XIV con el de Felipe VI para entenderlo.

Entre estos dos Borbones han pasado poco más de diez generaciones, tiempo suficiente para invertir por completo los atributos de la masculinidad. La apariencia del macho alfa de nuestros días, de hombre dominante o líder, es muy diferente a la de otros momentos de la historia.

En el retrato oficial del rey de Francia, Luis XIV, pintado en 1701 por François Hyacinthe Rigaud, la masculinidad y el poder se expresan con una pose de bailarina, la exhibición de una pierna adelantada, mano a la cadera, zapatos de tacón, medias, ligas, una espectacular peluca, largos ropajes y un derroche de encajes, bordados y brocados.

A excepción de la espada, que asoma tímidamente entre los faldones, no hay un solo indicio de lo que la civilización occidental consideraría hoy convencionalmente un hombre masculino. Y aunque en la imagen pueda parecer casi una drag queen, nadie discutía entonces la virilidad del monarca francés.

Apariencia: la masculinidad según Luis XIV


En la fotografía oficial del rey de España,
Felipe VI, realizada en 2014 por Dany Virgili, todos los elementos anteriores han desaparecido. El poder y la masculinidad se identifican actualmente con la sobriedad y la discreción en la indumentaria, el pelo corto y una postura firme, muy estable y vertical, realzada en este caso con la forma de cruzar los brazos.

Apariencia: machos y líderes

Como asegura Yuval Noah Harari en su libro De animales a dioses, “los hombres dominantes nunca han tenido un aspecto más insulso y deprimente que en la actualidad”. Este profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén explica en su obra la diferencia entre el sexo, que es una categoría biológica, y el género, que una categoría cultural.

Sexualmente nos dividimos en machos y hembras, y las características de esta división son objetivas y han permanecido constantes a lo largo de la historia. No sucede lo mismo con las cualidades denominadas masculinas y femeninas, que son intersubjetivas y experimentan cambios constantemente.

De hecho, durante la mayor parte de la historia los líderes machos de nuestra especie han sido pintorescos y ostentosos, como los jefes indios americanos, con sus tocados de plumas y maquillajes, o los marajás hindúes adornados de sedas y piedras preciosas.

Lo mismo ocurre en el reino animal, donde los machos exhiben colores más vivos o melenas más largas, como sucede con los pavos reales o los leones.

Desde el punto de vista de la condición sexual, no hay ninguna base científica para justificar la apariencia de masculinidad o feminidad como hoy la entendemos. Se trata de una simple creencia colectiva y muy subjetiva, arraigada en el inconsciente de nuestra sociedad.

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César Toledo
Consultor de comunicación, experto en análisis y máster en Comportamiento No Verbal por la Universidad Camilo José Cela y la Fundación Universitaria Behavior & Law. Miembro de ACONVE y de la Asociación de la Prensa (FAPE-FIP). Fundador de analisisnoverbal.com.