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Las emociones auténticas e intensas son las más fáciles de reconocer

Las emociones auténticas e intensas son fácilmente reconocibles sin necesidad de palabras. Una buena prueba de ello es la imagen del regreso a España del periodista Javier Espinosa, secuestrado seis meses en Siria junto a su compañero Ricardo García.

La instantánea fue tomada el pasado domingo en la pista de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid), al pie de la escalerilla del Falcon 900 del Ejército del Aire en el que fueron repatriados ambos reporteros.

La expresión facial de Javier Espinosa, tendiendo los brazos a su hijo, y la postura del niño a punto de salir volando, no necesitan explicación: es la alegría en estado puro. Puro y contagioso. Los dos periódicos nacionales, El Mundo y El País, coincidieron en llevar la escena a portada, como otros muchos rotativos españoles y del resto del mundo. Su impacto emocional, es evidente.

Pero las cosas no son siempre tan sencillas.  El problema en el reconocimiento de las emociones surge cuando estas se intentan esconder tras las palabras, o contener a través del silencio. Ahí empieza el trabajo de los expertos, y en ocasiones no es fácil establecer conclusiones contrastables.

De entrada, porque ni siquiera hay unanimidad científica al respecto, y sigue abierta la discusión entre “Neodarwinismo y antidarwinismo en la expresión de las emociones”, como titulaban en 1994 su artículo los profesores Mariano Chóliz y Pilar Tejero, de la Universidad de Valencia. Tras la reciente polémica entre Paul Ekman y Lisa Feldman Barret en The New York Times, nos ha parecido interesante recuperar este trabajo.

 

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