La inexpresividad facial y rigidez corporal de la reina Letizia no son la causa, sino la consecuencia de un estilo de comunicación artificioso, desconectado de la realidad y bastante anticuado

La imagen proyectada por la Casa Real española durante la crisis del coronavirus presenta más sombras que luces. Y no es solo consecuencia de la inexpresividad de la reina Letizia, como apuntarán sus detractores, entre los que desde luego no me encuentro. La causa también está en la excesiva formalidad del rey Felipe VI. Y sobre todo, en el poco acierto de sus asesores, en caso de que estos realmente existan. El resultado, un formato de comunicación bastante anticuado, artificioso y desconectado de la realidad.

En circunstancias normales, la forma de comunicar de los Reyes de España y sus hijas durante estas semanas valdría para cubrir el expediente y poco más, pero bajo el foco emocional del COVID-19 no supera el aprobado.

Y esto resulta muy desconcertante en la más alta institución del Estado, un organismo que tiene a su alcance todos los recursos y las más avanzadas técnicas de comunicación disponibles en el mercado. Por no hablar de su evidente influencia sobre periodistas y medios de comunicación.

En una situación de crisis e incertidumbre de esta magnitud, la comunicación de la monarquía española debería estar en la vanguardia del liderazgo y la capacidad de conexión con los ciudadanos, como la mejor alternativa a las filias y fobias partidistas y territoriales. En definitiva, un espejo donde todos pudiéramos reconocernos.

Al fin y al cabo, esa es la principal función constitucional del jefe del Estado. Si no la única. Pero desgraciadamente, los Reyes no se han desenvuelto en ese nivel de excelencia. Y si lo han hecho, no lo han demostrado, que para el caso viene a ser casi lo mismo.

Una de las pocas luces de estos días de pandemia estuvo en la visita sorpresa que sus majestades realizaron de madrugada a MercaMadrid, la mayor plataforma logística de distribución de alimentos frescos de toda España. Para quienes no lo conozcan, es lo más parecido al típico mercado tradicional de ciudad tan socorrido en campaña electoral, pero al por mayor y a lo bestia, con una superficie de 2,2 millones de metros cuadrados.

Tengo muy escrito que, en comunicación, los hechos suelen ser más elocuentes que las palabras, y el madrugón de don Felipe y doña Letizia para estar a las 5:30 de la mañana en la puerta del merca ya dice mucho por sí solo. El escenario elegido, también, y no solo por su valor estratégico en la emergencia, garantizando el abasto de la población. Sin duda alguna, los puestos de pescado, carnicerías y verdulerías, el tránsito de carretillas, palés y mercancías, ofrecieron a los Reyes y a su equipo de comunicación algo más de margen escénico que las estáticas y forzadas videoconferencias perpetradas hasta entonces desde Palacio.

Alguna charla informal con vendedores y operarios, graciosos saludos con los codos, unos pocos selfies y un coloquial chascarrillo por parte del Rey“¡no habéis parado nada, macho!”, fueron suficientes para que el matrimonio Borbón se mostrase un poco más cercano de lo habitual, aunque aquello tampoco fue precisamente la alegría de la huerta, ni el festival mundial de la empatía.

El uso de mascarillas -tapabocas, para mi gente de allá- y el respeto a las distancias de seguridad fueron un serio obstáculo para la expresividad, que los Reyes intentaron suplir con una mayor gesticulación -se notó el esfuerzo-, y con la devolución de un aplauso final que pilló por sorpresa hasta al reportero oficial del Palacio de la Zarzuela. Lo más parecido a la espontaneidad que hemos visto en meses.

El único inconveniente fue que en las imágenes divulgadas se aprecia más entusiasmo y emoción en sus interlocutores que en los propios Reyes. Y un líder nunca puede perder ese mano a mano emocional frente a sus liderados, si de verdad quiere transmitir cercanía y proximidad en un ambiente distendido.

Como acción de imagen y comunicación, lo del merca en la Villa y Corte dio para un notable alto. Casi un sobresaliente, si los Reyes pudieran acogerse a los generosos criterios de evaluación decretados desde el Ministerio de Educación, para acabar el año académico como sea y con todo el chiquillaje aprobado.

Pero ni un diez sobre diez sería suficiente para compensar el desastre de nota media acumulada en los dos primeros meses de Estado de Alarma, en los que la agenda de los Reyes no ha dado más que para unas colas metidas con calzador en los informativos de televisión. Para los profanos, las colas son esos pocos segundos de imágenes sueltas comentadas desde el mismo plató, sin crónica, locución ni testimonios. Vamos, lo menos que se despacha en edición de informativos. Puro saldo.

Nuevos formatos pero viejos lenguajes

Desde el inicio del confinamiento en España, el 14 de marzo, los servicios de comunicación del Palacio de la Zarzuela se empeñaron en mostrarnos la imagen de unos Reyes que parecían estar confinados y parecían teletrabajar, como intentábamos hacer el resto de los españoles que podíamos permitírnoslo. Y el problema fue precisamente ese, la apariencia, porque para que algo resulte creíble lo más eficaz es hacerlo de verdad.

Para empezar, los presuntos asesores de imagen se equivocaron de escenario, utilizando para las videollamadas unas mesas auxiliares que en nada se parecían a un auténtico escritorio de trabajo. Las viejas maderas nobles y la parafernalia decorativa del despacho del Rey pueden encajar bien en su actividad institucional habitual -es cuestión de gustos-, pero resulta difícil que el ciudadano medio se identifique con esa imagen mientras soporta con resignación el encierro familiar en chándal, entre peleas por la wifi casera y un turno en el sofá.

En el caso de la Reina, la aséptica habitación blanca sin decorar utilizada para sus videoconferencias en solitario constituye un espacio tan frío como indefinible dentro de un hogar. Ha trascendido que forma parte de la residencia privada, pero cuesta imaginar qué utilidad puede darle habitualmente la Familia Real a esa inexplicable y perturbadora estancia.

Tampoco ayudó mucho a ofrecer una imagen de modernidad los enormes equipos de videoconferencia y el lío de cables improvisados de por medio, porque evidenciaban que no son herramientas de trabajo habituales en ambos lugares. El aspecto de montaje para la ocasión chirriaba por todas partes. Y la consecuente artificialidad, también.

Sinceramente, estos días hemos visto imágenes de abuelos nonagenarios manejando tabletas y móviles para conectar con sus familias, que resultan mucho más propias de este siglo tecnológico que las escenas de los Reyes facilitadas desde Zarzuela.

Otro inexplicable error, comentado incluso en las redes sociales, fue dejar sobre las mesas las “chuletas” preparadas por los ayudantes de don Felipe y doña Letizia con las fotos y los nombres de las personas con quienes hablaban, suponemos que para no equivocarse al dirigirse a ellos.

Resulta incomprensible que los propios servicios de comunicación de la Zarzuela distribuyan ese material audiovisual sin reparar en el lamentable detalle. Incluso el día que conectaron con artistas tan populares como David Bisbal, José Mercé y Miguel Poveda necesitaron chuleta y la dejaron bien a la vista. Inexplicable también.

Personalmente, creo que los Reyes habrían ofrecido una imagen mucho más auténtica y propia de las circunstancias realizando la mayor parte de esas videoconferencias desde sus despachos privados, o en espacios de trabajo en cualquier rincón de su residencia familiar, con sus equipos portátiles habituales y un vestuario más informal. Así lo han hecho los reyes de Holanda, los duques de Cambridge, o el premier canadiense, Justin Trudeau, con un resultado muy favorecedor.

Y también habría ayudado mucho distribuir las imágenes con audio, con fragmentos de las conversaciones informales mantenidas estos días con líderes de nuestra sociedad.

La imagen más doméstica de unos Reyes confinados en su verdadera casa, como el resto de los españoles, sin tanto formalismo ni artificio, habría sido mucho más empática, y habría conectado mucho mejor con las emociones de los ciudadanos. Desde luego, en las escenas que nos han dejado ver no hay nada de transparencia emocional ni autenticidad, y eso constituye un error garrafal, inexplicable en los servicios de comunicación de un monarca y una democracia europea del siglo XXI.

La inexpresividad y rigidez de la reina Letizia

En cuanto al caso de la reina Letizia, por el que me preguntan muchos de mis lectores, simplemente y siendo muy comedido: su actitud no ayuda.

La Reina se ha mostrado en la mayoría de las imágenes con su habitual inexpresividad facial y rigidez postural, algo que no consigo imaginar a qué puede deberse. Tampoco alcanzo a comprender qué pretende con esos dos desagradables recursos expresivos -tan claramente forzados de manera intencionada-, que solo transmiten distanciamiento emocional y desconexión cognitiva. Justo lo contrario de lo que debería ocurrir. Distancia y desconexión que ningún mortal puede permitirse sin pagar el alto precio de parecer arrogante y desconsiderado.

Cuando analicé por vez primera a la reina Letizia en 2014, ya se apreciaba en sus apariciones públicas una represión conductual muy negativa y un fallido intento de control emocional muy mal ejecutado, que han ido acentuándose con los años hasta bordear la tragicomedia. La Reina ha forzado hasta la exageración una coraza expresiva que le impide conectar con el público, y le hace parecer fría y distante. Y escribo “parecer” porque es imposible que pueda serlo realmente en un grado tan excesivo y forzado.

En serio, ¿qué le ocurre a la Reina? ¿Por qué se comporta así? ¿De verdad no se da cuenta del efecto que causa? ¿Nadie se lo ha explicado? No lo entiendo.

La Princesa y la Infanta

Y para completar este retrato familiar tan rígido y artificioso, los servicios de comunicación de Zarzuela distribuyeron en medio del confinamiento un vídeo de la princesa Leonor y la infanta Sofía difícilmente calificable desde el punto de vista audiovisual.

Sus altezas reales aparecían colocadas contra una pared o fondo neutro, con una expresión facial a medio camino entre la tensión y el miedo, recitando de memoria -o leyendo- un mensaje pretendidamente empático con los niños y jóvenes de su generación.

La pésima grabación parece realizada en plano secuencia con una sola cámara, pero en la edición posterior se recortó la imagen para ofrecernos los primeros planos de ambas por separado, para lo cual habrían tenido que usar dos cámaras o realizar varias tomas.

El problema es que estaban tan juntas que al cerrar el zoom en postproducción digital aparece descentrado el rostro de la hermana que habla, y cortado el hombro de la que no lo hacía. Una aberración técnica solo comparable con el desafortunado montaje con photoshop de la postal navideña de 2005, en la que algunos nietos de don Juan Carlos y doña Sofía fueron añadidos en la fotografía como piezas de recortables.

Una vez más en Palacio, nos encontramos ante una buena idea muy mal ejecutada. Otro error en este caso imperdonable, al tratarse de dos niñas que no merecen ser sometidas a tan desafortunada utilización de su imagen pública. El efecto proyectado habría sido muy diferente con un escena y escenarios más espontáneos y hogareños.

Me aventuro a asegurar que muy probablemente la princesa y la infanta habrían grabado algo mucho mejor con sus propios móviles, mientras estudiaban o hacían la tarea en sus escritorios, como otras tantas niñas de su edad. Pero está claro que en Zarzuela no conocen el estilo Instagram ni transitan mucho por Youtube, por mucho que la Casa Real tenga perfil abierto en todas las redes sociales. Otra mera formalidad.

Resulta evidente el desconocimiento del lenguaje audiovisual propio de la nueva era digital. Quizás en el área de comunicación de Palacio solo se sientan seguros tratando con la tradicional prensa escrita, como demuestra el hecho de que la única información sobre el auténtico día a día de la Familia Real durante el confinamiento haya sido una crónica filtrada al periódico El País.

Es como tener que leer el guión de tu serie favorita en lugar de poder verla en Netflix. En fin…

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César Toledo
Consultor de comunicación, experto en análisis y máster en Comportamiento No Verbal por la Universidad Camilo José Cela y la Fundación Universitaria Behavior & Law. Miembro de ACONVE y de la Asociación de la Prensa (FAPE-FIP). Fundador de analisisnoverbal.com.