La honestidad de un testimonio cuando la fisiología contradice al llanto

La ciencia no ha encontrado de momento ningún indicador de la conducta humana que resulte infalible en la detección de las mentiras. Sin embargo, el análisis del comportamiento no verbal puede proporcionar suficientes indicios para acercarnos a la verdad. En ocasiones, incluso, no hace falta una observación muy exhaustiva para apreciar que algo falla en la honestidad de un testimonio.

Hay quienes lo interpretan como un sexto sentido que alerta a nuestro sistema nervioso. Probablemente lo sea, y tenga mucho que ver con las funciones intuitivas de nuestro cerebro, aunque algunas veces las cosas tienen una explicación más evidente y sencilla. Solo es cuestión de saber dónde mirar.

Un ejemplo muy gráfico lo encontramos en el caso de esta desesperada madre de Indianápolis (USA), Taniasha Perkins, cuyo bebé fue presuntamente secuestrado cuando solo tenía un mes y medio de vida.

Su llamamiento público ante los medios de comunicación incluye casi dos minutos de llanto desconsolado, cuyo sonoro desgarro resulta incongruente con la escasa secreción lagrimal. Aunque las imágenes no son de gran calidad, resultan suficientes para comprobar que por sus mejillas solo bajan dos lágrimas en todo ese tiempo, y la primera de ellas se produce 16 segundos después de haber empezado a llorar.

Tranquilos, no pretendo establecer un nuevo sistema para la detección de mentiras basado en el número de lágrimas. Es todo más fácil. Basta recordar cualquier momento de nuestra vida en el que hayamos llorado “en público” para entender que el proceso suele producirse justamente a la inversa: primero se nos llenan los ojos de lágrimas que nos obligan a parpadear, intentamos contenerlas, se desbordan y continuación nos derrumbamos emocionalmente y se produce el llanto, quejido o desgarro vocal.

En esta ocasión todo ocurre al revés. Incluso el primer sonido de la mucosidad en las fosas nasales se produce también antes de empezar a llorar. Por supuesto, este ruido puede responder también a cualquier otro motivo –como una rinitis, alergia u otra patología-, pero no parece atribuible a un llanto que todavía no se ha producido.

De hecho, los ojos de Taniasha no aparecen vidriosos, rojos o hinchados, ni siquiera al final del vídeo. Esta incongruencia y falta de sincronía entre la expresión paraverbal (prosodia emocional) y la fisiología son suficientes para sospechar que algo no encaja en su testimonio.

Llegados a este punto, cualquier investigador que se precie de serlo ya estaría en guardia, intentando buscar una explicación plausible a esta extraña conducta. Si le añadimos el resto de los indicios apreciables a simple vista, el asunto se complica todavía más:

1. En general, el comportamiento de la desesperada madre no parece del todo espontáneo. Hay control de conducta apreciable especialmente en los ojos:

  • Los mantiene cerrados antes de empezar la declaración, tarda en ponerse en situación y empezar a hablar, parece pensar en lo que va a decir.
  • Mira de reojo mientras habla, observando las reacciones de los periodistas: es muy consciente de la situación y del escenario que tiene ante la vista.
  • Evade la mirada en reiteradas ocasiones, y vuelve a cerrar los ojos al terminar de hablar.
  • No intercambia ningún contacto visual con los familiares o amigos que la consuelan.

2. Las expresiones faciales indican tristeza y miedo, comprensibles ante la situación. Sin embargo, también hay indicios de ira, rabia y desprecio, detectables en la forma de juntar las cejas, mostrar los dientes y torcer la boca.

3. Su postura corporal indica al mismo tiempo un extremado abatimiento –parece a punto de claudicar- y una agresividad desafiante, lo cual resulta un poco contradictorio.

4. Presenta una respiración clavicular observable en el movimiento de los hombros y compatible con el nerviosismo, pero no se produce la consecuente hiperventilación ni se le entrecorta la voz. Al revés, parece esperar la terminación de cada frase, hace la pausa y luego suben los hombros. Las inspiraciones no son rítmicas.

5. Su conducta no verbal presenta innegables síntomas de estrés y dolor, pero también resulta por momentos evasiva.